El momento económico y los emprendedores
Santiago Sousa, Director ISOA Consultores
El llamado “milagro español”, en lo referente a crecimiento económico, parece agotarse. El desarrollo se ha logrado con actividades de muy baja productividad, la renta per cápita no ha crecido lo suficiente y, desde hace una década, la economía española ha crecido “a crédito”. El modelo se ha sustentado sobre la construcción y un consumo privado asentado en el endeudamiento de las familias (no en los incrementos salariales). Y como los créditos hay que pagarlos, ha llegado el momento de la reducción del consumo. Además, existe un diferencial de inflación con respecto al resto de países de la zona euro, y no podemos –como se hacía antes– acudir a las devaluaciones para compensar este desequilibrio. Es creciente la merma de competitividad por el encarecimiento de nuestros productos en relación a los de los otros países y, por tanto, aumentan las importaciones, se reducen las exportaciones y se incrementa el déficit exterior. Tenemos una inflación subyacente próxima al 3,5% y una necesidad de financiación frente al resto del mundo del 10% del PIB.
En este contexto, agotados el ritmo de crecimiento de la construcción y la capacidad de endeudamiento de las familias, y restringiéndose el consumo y la inversión privada, el crecimiento económico se resiente. Sobre todo teniendo presente que la aportación del sector exterior es, y parece que seguirá siendo, negativa. A esta situación se han unido en los últimos años la crisis de los mercados financieros norteamericanos, la subida de los precios del petróleo y de los alimentos y los incrementos en los tipos de interés por encima de lo recomendable, provocando una excesiva revalorización del euro. Todo ello indica que estamos ante un cambio de coyuntura en el que actualmente destaca una importante crisis de liquidez, confianza y solvencia, y que la situación lleva el camino de un ajuste intenso.
LA RECESIÓN DEL MERCADO INMOBILIARIO
Que en el mercado inmobiliario las cosas no van bien es evidente. Parece inevitable un reajuste en el número de empresas que operan en el sector (cifrado entorno a las 43.000). Las caídas del 8% en los precios inmobiliarios y la previsible pérdida de 700.000 empleos en el sector de la construcción (hay quienes elevan la cifra hasta el millón) no se recuperarán con el previsible incremento en la obra civil. En un año los visados de obra nueva para uso residencial han caído a la mitad y la demanda de viviendas es un tercio menor (está en torno a las 400.000, frente a las 600.000 anuales de los últimos años). Las inmobiliarias no reciben financiación de las entidades financieras. Ello implica, a efectos prácticos, una paralización de la actividad, puesto que la principal vía de estas empresas para la compra de suelo es el crédito bancario.
Mientras algunas compañías del sector inmobiliario renegocian contrarreloj con las entidades financieras su abultado crédito a corto plazo, y otras han logrado refinanciarla pese a rozar la quiebra, un buen número de inmobiliarias de tamaño medio no han gozado de esa oportunidad y han suspendido pagos. Todo indica que se avecina una sucesión de procedimientos concursales en el sector. Entre las Cajas españolas más afectadas por la deuda, tenemos algunas que soportan deudas millonarias en sus balances y que parece que tendrán algunas dificultades para salir del paso sin importantes daños en su estructura. Como es lógico, es especialmente difícil la situación de las Cajas que están presentes en el capital de las promotoras que han financiado. A ello hay que unir que la mayor actividad de las cajas en la concesión de hipotecas -mientras los bancos fueron más prudentes en general-, provocará problemas añadidos ante el aumento de la morosidad.
Pero las alarmas comienzan a activarse cuando uno se percata de que detrás de las grandes empresas inmobiliarias el ajuste afectará a las pymes de la construcción y de la promoción inmobiliaria, la industria del mueble, la carpintería, las empresas instaladoras y al resto de actividades afines. Ajustes que empieza a apreciar también el sector de la automoción y su industria auxiliar ante la caída de las ventas y matriculación de vehículos, por la restricción de la demanda de familias con problemas de endeudamiento. Y suma y sigue.
LA SITUACIÓN DEL MOMENTO FINANCIERO
Las palabras que hace unas semanas pronunciaba el Presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, declarando que “da miedo la parte del balance de algunas entidades soportada por el ladrillo” han provocado ríos de tinta. Han sido calificadas como “poco oportunas”, “nada afortunadas”, “poco tranquilizadoras” pero, en definitiva, han puesto el dedo en la llaga de una situación conocida por casi todos pero que no conviene verbalizar y mucho menos magnificar a casi nadie.
Es conocido que muchas de nuestras entidades financieras no tienen más remedio que acudir a los mercados para conseguir liquidez, en un momento en el que los inversores extranjeros han perdido confianza, en especial en el sector inmobiliario español. Acudir a los mercados cuando existe esa sensación de miedo y desconfianza significa que a nuestra banca le resultará caro recurrir a financiación en un momento en el que, además, hay pocos que presten. Con un interbancario del 4,7%, por debajo del que nadie presta, y la prima de riesgo que tienen nuestras entidades financieras por el elevado peso del sector inmobiliario, la solución se antoja difícil.
Distintas fuentes han cifrado en cerca del 30% del PIB el conjunto de las deudas de las promotoras inmobiliarias con las entidades financieras. Esta deuda que, según el propio Banco de España, es de 303.500 millones de euros provocará, según afirman diversos expertos, el regreso a una situación similar a la de los años 90, en que las entidades financieras se conviertan en las dueñas de las inmobiliarias, por la insolvencia de muchas compañías. Se vaticina también un proceso de fusión de cajas, que son las principales afectadas.
No olvidemos tampoco el efecto del previsible crecimiento en la morosidad de las familias. El crédito a vivienda de las familias supone en España el 21% sobre el total de los activos bancarios, frente al 12% de la media de la Unión Europea. A nadie se le escapa que se está produciendo ya un importante incremento en la morosidad. Del 1-2% de morosidad actual media, algunas entidades se están moviendo ya en cifras próximas al 3% y, de llegar al 5% –algo que no descartan los expertos–, las provisiones de las entidades financieras no serían suficientes, haciendo más necesario aún acudir al endeudamiento.
Lo cierto es que el proceso de fusión de cajas parece haber comenzado: las Cajas Vascas (BBK, Kutxa y Caja Vital) y las extremeñas (Caja Badajoz y Caja Extremadura) han avanzado sus proyectos de fusión. En Andalucía la fusión entre algunas de ellas (Unicaja, Caja Sol, Caja Granada y Caja de Jaén –en menor medida Caja Sur–) se ve factible a medio plazo. En Castilla y León, son cada vez más quienes dan por hecho que, en un plazo breve de tiempo, el número de entidades será menor.
Hace ya seis meses, el presidente del Consejo Regional de Cámaras de Comercio de Castilla y León, Manuel Vidal, demandó una fusión o acuerdo entre cajas que se extendiera incluso a entidades de fuera de la Región. Poco después el Presidente de la Junta de Castilla y León, Juan Vicente Herrera, en un foro empresarial señalaba que “hay que fortalecer el músculo financiero de la Comunidad”, que “la dimensión es un factor clave” y que “hay que adoptar una pronta decisión”. A estas afirmaciones la mayoría han dado respuesta con el silencio, algunos apoyan la idea pero en petit comité y hay quien ha alzado su voz sobre el resto para condenarla.
Hace un par de meses el Director General de Caja Círculo, Santiago Ruiz Diez, afirmó que el debate es “innecesario, carece de rigor y procede de unas pocas voces interesadas” (…) “la fusión de cajas solo tiene desventajas y sería un tremendo error, porque se perdería el contacto que tiene cada entidad con las necesidades de sus respectivas provincias”. El presidente de esta entidad, José Ignacio Mijangos, afirmó que “las cajas de ahorro están perfectamente consolidadas y con solidez”. En este sentido se ha manifestado también Juan Ramón Quintás, el presidente de la CECA-Confederación de Cajas, quien afirma que “ninguna caja se encuentra en situación crítica o delicada”. El director general de supervisión del Banco de España, Javier Aríztegui, insistió recientemente en la situación de fortaleza de las entidades financieras españolas y afirmó que “no hay ninguna base para sembrar una inquietud injustificada respecto a la salud del sector”.
¿BUEN MOMENTO PARA EMPRENDER?
En este contexto de malas perspectivas para la economía española, algunas revistas especializadas y otros tantos portales y blogs que dirigen sus consejos e información hacia los emprendedores, hablan de “grandes oportunidades para emprender”. La pregunta es ¿Oportunidades para quién? ¿Con qué dinero piensan que emprenden la mayor parte de los emprendedores? ¿Con recursos propios, acaso? Cabría preguntarse si es buen momento para emprender éste en el que las entidades financieras están tan preocupadas por la captación de pasivo y el aseguramiento de la liquidez acudiendo a los mercados, y las familias ven deteriorarse su capacidad de endeudamiento.
En el momento actual, lo más habitual es que cuando un emprendedor acude a solicitar recursos ajenos a las entidades financieras para sacar adelante sus proyectos empresariales, reciba un “no” por respuesta. Son comunes argumentos del tipo de: “tu proyecto es muy bueno, pero no podemos respaldarlo”, “no es el momento para entrar en proyectos de este tipo”, “los de riesgos nos están echando atrás este tipo de operaciones”, o peor aún: “si hubieses venido con este proyecto hace un año, habríamos entrado sin pensarlo”, etcétera.
Siendo esto así, ¿No es una irresponsabilidad crear falsas expectativas entre los emprendedores? Los individuos en sociedad toman sus decisiones y se mueven en función de las expectativas y buscando referentes. Seamos sensatos: se puede promover la actividad emprendedora, pero sin vender humo. No creemos falsas esperanzas. Frustrar la iniciativa de un emprendedor por haber creado en él una expectativa que no se corresponde con la realidad puede hacer que en el futuro paguemos un alto precio: el descenso de vocaciones emprendedoras.
Algunas medidas que adoptar.
El Gobierno de España ha anunciado un incremento en la obra civil para intentar compensar en parte la caída en el sector residencial de las empresas constructoras. Asistiremos, sin lugar a duda, a un incremento del gasto en inversión pública (infraestructuras). Se han anunciado medidas para reactivar el consumo de la familia, como devoluciones en la declaración de la renta. Medidas que se antojan insuficientes.
Parece necesario estimular la demanda interna a través de la reducción de impuestos, pero lo sensato sería ligar esas rebajas a la competitividad, eliminando los impuestos de patrimonio y sucesiones y rebajando el de sociedades. Las reducciones sobre el IRPF, aunque positivas, tendrán efectos muy limitados sobre el gasto, dado el alto endeudamiento de las familias. El incremento de la desgravación fiscal a la compra de vivienda es otra medida que no debería descartarse para relanzar el sector inmobiliario. No parece, sin embargo, adecuado estimular la oferta de vivienda con vivienda pública, porque el sector inmobiliario ha puesto en el mercado un gran volumen de vivienda.
Sin duda, una medida inmediata necesaria para lograr resultados a medio plazo es la formación de trabajadores despedidos en la construcción y la contención de los salarios. Se habla incluso de la necesidad de modificar el sistema de negociación salarial y buscar fórmulas que incentiven la productividad y den mayor flexibilidad organizativa a las empresas.
No olvidemos a los emprendedores. Ellos son uno de los colectivos más afectados por la crisis. Ahora más que nunca están teniendo verdaderas dificultades para lograr los recursos ajenos que necesitan para sus proyectos. Los emprendedores necesitan reducciones fiscales (o incluso determinadas exenciones) al inicio de su actividad, que las administraciones implicadas pongan en marcha ayudas para el acceso a suelo industrial y alquiler de locales a precios inferiores a mercado y que se instrumenten alternativas de financiación, en un momento en que acudir a las entidades financieras es casi imposible y la economía de las familias no es muy boyante.
Ahora más que nunca hay que emprender con cabeza. Si bien las épocas de crisis pueden ser buenas para emprender, no perdamos de vista el momento y las dificultades financieras, y ojo con emprender a la desesperada
En este contexto, agotados el ritmo de crecimiento de la construcción y la capacidad de endeudamiento de las familias, y restringiéndose el consumo y la inversión privada, el crecimiento económico se resiente. Sobre todo teniendo presente que la aportación del sector exterior es, y parece que seguirá siendo, negativa. A esta situación se han unido en los últimos años la crisis de los mercados financieros norteamericanos, la subida de los precios del petróleo y de los alimentos y los incrementos en los tipos de interés por encima de lo recomendable, provocando una excesiva revalorización del euro. Todo ello indica que estamos ante un cambio de coyuntura en el que actualmente destaca una importante crisis de liquidez, confianza y solvencia, y que la situación lleva el camino de un ajuste intenso.
LA RECESIÓN DEL MERCADO INMOBILIARIO
Que en el mercado inmobiliario las cosas no van bien es evidente. Parece inevitable un reajuste en el número de empresas que operan en el sector (cifrado entorno a las 43.000). Las caídas del 8% en los precios inmobiliarios y la previsible pérdida de 700.000 empleos en el sector de la construcción (hay quienes elevan la cifra hasta el millón) no se recuperarán con el previsible incremento en la obra civil. En un año los visados de obra nueva para uso residencial han caído a la mitad y la demanda de viviendas es un tercio menor (está en torno a las 400.000, frente a las 600.000 anuales de los últimos años). Las inmobiliarias no reciben financiación de las entidades financieras. Ello implica, a efectos prácticos, una paralización de la actividad, puesto que la principal vía de estas empresas para la compra de suelo es el crédito bancario.
Mientras algunas compañías del sector inmobiliario renegocian contrarreloj con las entidades financieras su abultado crédito a corto plazo, y otras han logrado refinanciarla pese a rozar la quiebra, un buen número de inmobiliarias de tamaño medio no han gozado de esa oportunidad y han suspendido pagos. Todo indica que se avecina una sucesión de procedimientos concursales en el sector. Entre las Cajas españolas más afectadas por la deuda, tenemos algunas que soportan deudas millonarias en sus balances y que parece que tendrán algunas dificultades para salir del paso sin importantes daños en su estructura. Como es lógico, es especialmente difícil la situación de las Cajas que están presentes en el capital de las promotoras que han financiado. A ello hay que unir que la mayor actividad de las cajas en la concesión de hipotecas -mientras los bancos fueron más prudentes en general-, provocará problemas añadidos ante el aumento de la morosidad.
Pero las alarmas comienzan a activarse cuando uno se percata de que detrás de las grandes empresas inmobiliarias el ajuste afectará a las pymes de la construcción y de la promoción inmobiliaria, la industria del mueble, la carpintería, las empresas instaladoras y al resto de actividades afines. Ajustes que empieza a apreciar también el sector de la automoción y su industria auxiliar ante la caída de las ventas y matriculación de vehículos, por la restricción de la demanda de familias con problemas de endeudamiento. Y suma y sigue.
LA SITUACIÓN DEL MOMENTO FINANCIERO
Las palabras que hace unas semanas pronunciaba el Presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, declarando que “da miedo la parte del balance de algunas entidades soportada por el ladrillo” han provocado ríos de tinta. Han sido calificadas como “poco oportunas”, “nada afortunadas”, “poco tranquilizadoras” pero, en definitiva, han puesto el dedo en la llaga de una situación conocida por casi todos pero que no conviene verbalizar y mucho menos magnificar a casi nadie.
Es conocido que muchas de nuestras entidades financieras no tienen más remedio que acudir a los mercados para conseguir liquidez, en un momento en el que los inversores extranjeros han perdido confianza, en especial en el sector inmobiliario español. Acudir a los mercados cuando existe esa sensación de miedo y desconfianza significa que a nuestra banca le resultará caro recurrir a financiación en un momento en el que, además, hay pocos que presten. Con un interbancario del 4,7%, por debajo del que nadie presta, y la prima de riesgo que tienen nuestras entidades financieras por el elevado peso del sector inmobiliario, la solución se antoja difícil.
Distintas fuentes han cifrado en cerca del 30% del PIB el conjunto de las deudas de las promotoras inmobiliarias con las entidades financieras. Esta deuda que, según el propio Banco de España, es de 303.500 millones de euros provocará, según afirman diversos expertos, el regreso a una situación similar a la de los años 90, en que las entidades financieras se conviertan en las dueñas de las inmobiliarias, por la insolvencia de muchas compañías. Se vaticina también un proceso de fusión de cajas, que son las principales afectadas.
No olvidemos tampoco el efecto del previsible crecimiento en la morosidad de las familias. El crédito a vivienda de las familias supone en España el 21% sobre el total de los activos bancarios, frente al 12% de la media de la Unión Europea. A nadie se le escapa que se está produciendo ya un importante incremento en la morosidad. Del 1-2% de morosidad actual media, algunas entidades se están moviendo ya en cifras próximas al 3% y, de llegar al 5% –algo que no descartan los expertos–, las provisiones de las entidades financieras no serían suficientes, haciendo más necesario aún acudir al endeudamiento.
Lo cierto es que el proceso de fusión de cajas parece haber comenzado: las Cajas Vascas (BBK, Kutxa y Caja Vital) y las extremeñas (Caja Badajoz y Caja Extremadura) han avanzado sus proyectos de fusión. En Andalucía la fusión entre algunas de ellas (Unicaja, Caja Sol, Caja Granada y Caja de Jaén –en menor medida Caja Sur–) se ve factible a medio plazo. En Castilla y León, son cada vez más quienes dan por hecho que, en un plazo breve de tiempo, el número de entidades será menor.
Hace ya seis meses, el presidente del Consejo Regional de Cámaras de Comercio de Castilla y León, Manuel Vidal, demandó una fusión o acuerdo entre cajas que se extendiera incluso a entidades de fuera de la Región. Poco después el Presidente de la Junta de Castilla y León, Juan Vicente Herrera, en un foro empresarial señalaba que “hay que fortalecer el músculo financiero de la Comunidad”, que “la dimensión es un factor clave” y que “hay que adoptar una pronta decisión”. A estas afirmaciones la mayoría han dado respuesta con el silencio, algunos apoyan la idea pero en petit comité y hay quien ha alzado su voz sobre el resto para condenarla.
Hace un par de meses el Director General de Caja Círculo, Santiago Ruiz Diez, afirmó que el debate es “innecesario, carece de rigor y procede de unas pocas voces interesadas” (…) “la fusión de cajas solo tiene desventajas y sería un tremendo error, porque se perdería el contacto que tiene cada entidad con las necesidades de sus respectivas provincias”. El presidente de esta entidad, José Ignacio Mijangos, afirmó que “las cajas de ahorro están perfectamente consolidadas y con solidez”. En este sentido se ha manifestado también Juan Ramón Quintás, el presidente de la CECA-Confederación de Cajas, quien afirma que “ninguna caja se encuentra en situación crítica o delicada”. El director general de supervisión del Banco de España, Javier Aríztegui, insistió recientemente en la situación de fortaleza de las entidades financieras españolas y afirmó que “no hay ninguna base para sembrar una inquietud injustificada respecto a la salud del sector”.
¿BUEN MOMENTO PARA EMPRENDER?
En este contexto de malas perspectivas para la economía española, algunas revistas especializadas y otros tantos portales y blogs que dirigen sus consejos e información hacia los emprendedores, hablan de “grandes oportunidades para emprender”. La pregunta es ¿Oportunidades para quién? ¿Con qué dinero piensan que emprenden la mayor parte de los emprendedores? ¿Con recursos propios, acaso? Cabría preguntarse si es buen momento para emprender éste en el que las entidades financieras están tan preocupadas por la captación de pasivo y el aseguramiento de la liquidez acudiendo a los mercados, y las familias ven deteriorarse su capacidad de endeudamiento.
En el momento actual, lo más habitual es que cuando un emprendedor acude a solicitar recursos ajenos a las entidades financieras para sacar adelante sus proyectos empresariales, reciba un “no” por respuesta. Son comunes argumentos del tipo de: “tu proyecto es muy bueno, pero no podemos respaldarlo”, “no es el momento para entrar en proyectos de este tipo”, “los de riesgos nos están echando atrás este tipo de operaciones”, o peor aún: “si hubieses venido con este proyecto hace un año, habríamos entrado sin pensarlo”, etcétera.
Siendo esto así, ¿No es una irresponsabilidad crear falsas expectativas entre los emprendedores? Los individuos en sociedad toman sus decisiones y se mueven en función de las expectativas y buscando referentes. Seamos sensatos: se puede promover la actividad emprendedora, pero sin vender humo. No creemos falsas esperanzas. Frustrar la iniciativa de un emprendedor por haber creado en él una expectativa que no se corresponde con la realidad puede hacer que en el futuro paguemos un alto precio: el descenso de vocaciones emprendedoras.
Algunas medidas que adoptar.
El Gobierno de España ha anunciado un incremento en la obra civil para intentar compensar en parte la caída en el sector residencial de las empresas constructoras. Asistiremos, sin lugar a duda, a un incremento del gasto en inversión pública (infraestructuras). Se han anunciado medidas para reactivar el consumo de la familia, como devoluciones en la declaración de la renta. Medidas que se antojan insuficientes.
Parece necesario estimular la demanda interna a través de la reducción de impuestos, pero lo sensato sería ligar esas rebajas a la competitividad, eliminando los impuestos de patrimonio y sucesiones y rebajando el de sociedades. Las reducciones sobre el IRPF, aunque positivas, tendrán efectos muy limitados sobre el gasto, dado el alto endeudamiento de las familias. El incremento de la desgravación fiscal a la compra de vivienda es otra medida que no debería descartarse para relanzar el sector inmobiliario. No parece, sin embargo, adecuado estimular la oferta de vivienda con vivienda pública, porque el sector inmobiliario ha puesto en el mercado un gran volumen de vivienda.
Sin duda, una medida inmediata necesaria para lograr resultados a medio plazo es la formación de trabajadores despedidos en la construcción y la contención de los salarios. Se habla incluso de la necesidad de modificar el sistema de negociación salarial y buscar fórmulas que incentiven la productividad y den mayor flexibilidad organizativa a las empresas.
No olvidemos a los emprendedores. Ellos son uno de los colectivos más afectados por la crisis. Ahora más que nunca están teniendo verdaderas dificultades para lograr los recursos ajenos que necesitan para sus proyectos. Los emprendedores necesitan reducciones fiscales (o incluso determinadas exenciones) al inicio de su actividad, que las administraciones implicadas pongan en marcha ayudas para el acceso a suelo industrial y alquiler de locales a precios inferiores a mercado y que se instrumenten alternativas de financiación, en un momento en que acudir a las entidades financieras es casi imposible y la economía de las familias no es muy boyante.
Ahora más que nunca hay que emprender con cabeza. Si bien las épocas de crisis pueden ser buenas para emprender, no perdamos de vista el momento y las dificultades financieras, y ojo con emprender a la desesperada
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